Las razones de Trump para imponer aranceles

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Las razones de Trump para imponer aranceles
Donald Trump muestra una tabla de aranceles aprobados contra distintos países, 2-04-2025 (foto: Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dpa vía Europa Press)

“Día de la Liberación” fue como llamó el presidente norteamericano Donald Trump al pasado 2 de abril, elegido para decretar una subida general de aranceles a los productos importados. La medida ha causado una fuerte sacudida en el país y en el resto del mundo. Es importante, pues, tratar de comprender las razones con las que Trump la justifica.

Trump ha cumplido lo que había prometido en su programa: imponer una tasa básica del 10% a todas las importaciones, y tasas superiores a las provenientes de algunos países. Pero hasta última hora se dudaba si acabaría moderando el golpe o si –como en su mandato anterior– haría un amago para obtener concesiones. De momento, parece que no.

Desde este mismo mes, Estados Unidos impondrá aranceles superiores al 10% a más de ochenta países. Algunas tarifas son muy elevadas: 50% (la máxima) a Lesotho, 46% a Vietnam, 37% a Bangladesh… Y, entre los principales socios comerciales, fija el 34% a China, el 26% a la India, el 24% a Japón, el 20% a la Unión Europea.

En consecuencia, la tasa media efectiva norteamericana a las importaciones sube del 2,3% al 24%, según la estimación de la consultora Capital Economics. Es la más alta en 125 años.

Trump justifica este drástico cambio de la política comercial con una serie de razones, empezando por la necesidad de remediar el abuso que durante décadas ha sufrido EE.UU. por parte de otros países, que han tenido acceso fácil al mercado norteamericano mientras ellos cerraban los suyos.

Reparar un trato injusto

Según el argumentario de Trump, las exportaciones norteamericanas están sometidas a barreras comerciales desproporcionadas. En la tabla que mostró el 2 de abril en la Rosaleda de la Casa Blanca, se atribuía a China una tasa del 67% y a la UE, una del 39%.

Trump sostiene que el persistente déficit comercial de Estados Unidos con algunos países se debe a barreras comerciales que estos aplican

Esos números expresan el coste total de las barreras comerciales contra EE.UU., pues los aranceles no llegan ni mucho menos a tanto: los chinos son del 22,6% por término medio (estimación del Peterson Institute for International Economics), y las de la UE, del 4,8% (dato de la Organización Mundial del Comercio, OMC). El resto está compuesto por barreras no arancelarias, entre las que la Oficina del Representante Comercial de EE.UU. cita: regulaciones sobre propiedad intelectual, medio ambiente o privacidad; concesión de permisos; la corrupción en algunos casos.

Ahora bien, la Administración norteamericana no ha aportado ningún inventario ni valoración de las barreras no arancelarias en apoyo de las cifras exhibidas. Una nota de la Oficina del Representante Comercial explica que es difícil evaluar el coste de las numerosas barreras no arancelarias de cada país. Pero, añade, se puede estimar el efecto conjunto de ellas y de los aranceles calculando la tarifa que EE.UU. tendría que imponer para dejar en cero el déficit comercial. Lo que implica admitir el supuesto de que el persistente déficit obedece a las barreras, que es lo que sostiene Trump.

La nota da una fórmula un tanto complicada, pero en la práctica se reduce al cociente entre el déficit comercial norteamericano con cada país y el valor de sus exportaciones a EE.UU. Por ejemplo, el déficit comercial de EE.UU. con China fue de 295.000 millones de dólares el año pasado, y las exportaciones de esta a EE.UU. sumaron 439.000 millones. El resultado de dividir la primera cantidad por la segunda es 0,67, o sea, el 67% de la tabla que enseñó Trump.

Juan José Toribio, profesor emérito de IESE Business School y ex director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, que ya en febrero escribió en Aceprensa sobre los aranceles anunciados, nos dice ahora que ese cálculo “nos tiene desconcertados a los economistas”. “El cociente, en sí mismo, no tiene sentido”; indicio de ello es que, como al hacer la división sale una tarifa muy alta, entonces la dividen por dos. “Es arbitrario”, añade Toribio.

Lo anterior no significa que no haya barreras no arancelarias: “Las hay –dice Toribio–, pero no las han valorado”. También en EE.UU. hay barreras regulatorias; por ejemplo, los fabricantes europeos de coches tienen que hacer vehículos con otras especificaciones para exportarlos a EE.UU. Sin embargo, esa barrera no se descuenta en los cálculos de la Casa Blanca.

Reducir el déficit comercial

En todo caso, los nuevos aranceles tienen el fin declarado de equilibrar la balanza comercial de EE.UU. Lo que puede ser bueno en unos casos y en otros, no.

En declaraciones a The Wall Street Journal, el economista Gian Maria Milesi-Ferretti, de la Brookings Institution, pone el ejemplo de un país en desarrollo que vende café a EE.UU. pero no tiene capacidad de comprar productos norteamericanos de alto valor como chips o coches Tesla. El déficit norteamericano con tal país no indica ningún problema, ni es motivo para frenar las exportaciones de café a EE.UU., que no puede satisfacer la demanda interna por sí mismo. Sin embargo, EE.UU. ha impuesto un arancel del 10% a exportadores de café como Guatemala u Honduras.

En suma, no hay que equilibrar la balanza comercial en todos los casos: depende de la causa del déficit, anota Toribio. Como explicó en el artículo mencionado arriba, un déficit en la balanza de pagos (las importaciones y exportaciones de bienes y servicios, más los flujos financieros y las transferencias) puede deberse a la entrada de inversiones extranjeras, y en la medida en que sea así, es un dato positivo. Pero si el déficit se debe a que “EE.UU. está gastando por encima de su capacidad productiva”, entonces hay que cortarlo. Para eso “hay medidas de ajuste apropiadas”, y los aranceles no están entre ellas, pues “son impuestos indirectos distorsionadores”, y además, “aumentan la inflación”.

Reindustrializar

Trump sostiene que los abusos comerciales de otros países han contribuido a deshilachar el otrora extenso y robusto tejido industrial norteamericano. Las fábricas han emigrado a países más baratos y se han perdido miles de empleos; todo, para que los estadounidenses tengan que comprar en el extranjero lo que antes producían ellos mismos. Realmente, hay ahí un problema social, que afecta especialmente a hombres de extracción baja y nivel de instrucción básico. Ellos tienen la preocupación de Trump y él, sus votos.

Sobre esto, una cuestión es si realmente vale la pena intentar volver a otros tiempos, aquellos en que grandes factorías fabricaban casi todos los automóviles del país y exportaban, y en el Medio Oeste bullían los altos hornos. Ciertamente, desde entonces, en EE.UU. ha crecido mucho el peso de los servicios en la economía; pero la situación de la industria no parece tan mala si se tiene en cuenta que hoy se concentra más en sectores de mayor valor añadido y tiene mayor productividad.

Otra cuestión es si la transformación que desea Trump puede lograrse mediante aranceles. Al respecto señala Toribio: “La inversión industrial es a largo plazo. La instalación y la amortización de unos altos hornos requiere años, y una empresa no lo hará si no tiene la seguridad de que podrá recuperar la inversión”. La imposición de aranceles no da garantía suficiente, pues después de Trump puede venir otro presidente que los suprima.

Estimular la economía

Con los aranceles, Trump pretende también favorecer el consumo de productos nacionales y, en consecuencia, la creación de empleo, inclinando a los norteamericanos a evitar los bienes importados, que serán más caros. Así ocurrirá probablemente a corto plazo; pero luego pueden intervenir factores que contrapesen la ventaja inicial.

Los nuevos aranceles norteamericanos suponen “la ruptura del régimen de libre comercio que se ha ido creando desde el fin de Ia II Guerra Mundial y que ha traído grandes beneficios” (Juan José Toribio)

Uno es que las medidas proteccionistas benefician principalmente a los sectores poco competitivos con el exterior. Por ejemplo, los aranceles en favor del acero lo ponen más caro para las empresas que lo necesitan para fabricar sus productos. Por el lado de la demanda, el peligro es que los aranceles hagan aumentar la inflación, que recorta el poder adquisitivo y desincentiva el consumo. Así que el efecto neto sobre el empleo es incierto.

Consecuencias sobre el orden internacional

Toribio, que ve importantes inconvenientes en esta imposición de aranceles, en primer lugar para los propios EE.UU., cree sin embargo que “lo peor es que supone la ruptura de un régimen que se ha ido creando laboriosamente desde el fin de la II Guerra Mundial y que ha traído grandes beneficios: el iniciado con el GATT y que finalmente llevó a constituir la OMC. Y se hace sin negociar, sin debatir”. Si EE.UU. tiene quejas contra otros países a los que atribuye barreras comerciales abusivas, para discutirlas y resolver la disputa está la OMC.

En cambio, la reciente medida de Trump “viola un principio básico de la OMC: si un país pone un arancel, lo pone a todos por igual”. Tal principio fue adoptado para “sustraer el comercio internacional de las rivalidades políticas”, que lo distorsionan. “El libre comercio –concluye– es la forma de asegurar la prosperidad global”.

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