Europa tiene problemas con su propio discurso migratorio. Entre la retórica idealista –que pregona solidaridad– y la realidad, hay un abismo. Ahora, parece que los países van asumiendo posturas cada vez más duras contra la inmigración ilegal, y las reacciones que se han producido en ciudades occidentales al conflicto de Israel y Hamás no han hecho más que avivar un debate siempre delicado y complejo.
Algo está pasando en la Unión Europa con la inmigración y no es solo en países como Italia, Hungría o Polonia, a los que ya se les conoce una postura más proclive a contener la inmigración que a favorecerla.
Fue Dinamarca el primero que empezó a revocar permisos de residencia a ciudadanos sirios. En 2022 aprobó una ley anti-guetos que redistribuye a inmigrantes por todo el país. Y todo ello desde un gobierno socialdemócrata que ha peleado para que su nueva postura calara en el resto.
Y así ha sido. En una reunión celebrada en Copenhague, los ministros de Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia han acordado organizar vuelos de deportación y programas de retorno conjuntos, destinados a solicitantes de asilo cuya petición ha sido rechazada.
La misma decisión ha tomado Alemania, que prepara una campaña de deportaciones masivas para expulsar a todos aquellos que no cuentan con permiso de residencia, una medida que ya adelantó el canciller Olaf Scholz en la portada del semanario Der Spiegel.
En Francia se ha puesto sobre la mesa una opción similar después del asesinato de un profesor a manos de un inmigrante que tenía una orden de expulsión sin ejecutar. El Ministro del Interior, Gérald Darmanin, declaró al canal de noticias BFM-TV que «si alguien no se ajusta a los valores de la República, debemos poder deportarlo».
Las razones con las que se justifica este endurecimiento de las políticas migratorias son similares en todos los casos: la delincuencia ha aumentado, los servicios públicos están saturados y se abusa del derecho al asilo, dejando desprotegidos a quienes verdaderamente lo necesitan.
Todo esto es solo la punta del iceberg de una serie de transformaciones que han hecho virar el discurso migratorio.
Del “lo conseguiremos” de Merkel a las deportaciones masivas en Alemania
“Europa puede con todo” es el mensaje que se lanzaba hasta hacer poco desde las instancias políticas europeas y que recuerda a aquella frase de Merkel de “lo conseguiremos”, cuando Alemania lideró la cultura de acogida a los refugiados durante la crisis de 2015.
Sin embargo, las autoridades nacionales de los países que sufren los flujos migratorios en primera línea están diciendo que no, que no pueden con ello. Así, España e Italia, desde dos posturas distintas, presionan a la Unión Europea para que fuerce a hacer un reparto más equilibrado entre todos los países miembros.
En Italia, la situación llegó a máximos de tensión tras la llegada de 10.000 inmigrantes a las costas de Lampedusa en tan solo tres días.
En varios países que llevan años acogiendo a migrantes se culpa a las segundas y terceras generaciones de provocar un incremento de la delincuencia
Por su parte, los estados que llevan años acogiendo a inmigrantes culpan ahora a las segundas y terceras generaciones del auge de la delincuencia que viven en sus países, especialmente con las bandas criminales formadas por jóvenes y, a veces, incluso por niños.
Es el caso de Suecia, donde, según los datos oficiales de la policía, hasta el 30 de septiembre 42 personas fueron asesinadas por arma de fuego, y 80 acabaron heridas.
El país ha lanzado este año una campaña para modificar la imagen de su país en todo el mundo con el mensaje de: “En Suecia ya no hay cultura de bienvenida”.
En el resto de Europa, parece que tampoco.
Un diagnóstico común: Europa suspende en integración
Ulf Kristersson, primer ministro, señaló que “son tiempos difíciles para Suecia” y responsabiliza a la “ingenuidad política” y a la “integración fallida” de haber provocado una situación que el país nórdico lleva arrastrando desde hace años.
En primer lugar, la migración que se integra de forma precaria en el mercado laboral tiene como resultado una infraeconomía que desemboca en peores trabajos y comunidades endogámicas. Allí donde las primeras generaciones conservaban agradecimiento hacia su país de acogida, las segundas y terceras crecen con un sentimiento de agravio.
“Estas generaciones tampoco ocupan puestos cualificados, no se integran en un mercado laboral más alto”, analiza Alejandro Macarrón, coordinador del Observatorio Demográfico del CEU.
Sin embargo, el trabajo no es el único factor necesario para la integración. “Las políticas van en la línea de la paga, educación y trabajo. Pero hay sentimientos identitarios subjetivos”, señala Juan Carlos Jiménez, catedrático de Historia del Pensamiento de la Universidad San Pablo CEU.
“Tu familia puede tener trabajo y tú estar escolarizado, pero eso no quita que en el colegio te llamen ‘sudaca de mierda’”, observa. “Las políticas fracasan en ese marco de reconocimiento; esos elementos parecen no existir”.
Otro problema que se plantea es la falta de asimilación de los valores occidentales por parte de algunos colectivos migrantes, algo que es consecuencia de modelos de integración fallidos que fomentan la creación de comunidades aisladas y endogámicas.
Esto se ha situado en primera línea del debate tras las reacciones en las ciudades occidentales al conflicto de Israel y Hamás. En medio de legítimas manifestaciones de apoyo al pueblo palestino, se han escuchado consignas antisemitas, se han celebrado los ataques de Hamás y se ha llegado incluso a acosar a ciudadanos judíos.
Las autoridades nacionales de Reino Unido, Francia o Alemania se han pronunciado pidiendo un mayor control policial en estas concentraciones, o incluso prohibiéndolas.
Las reacciones han dejado a muchos preguntándose dónde está el límite entre la libertad de expresión y el discurso de odio hacia el contrario. Pero, sobre todo, han avivado el debate sobre la integración de los inmigrantes y si esta debe pasar necesariamente por la asimilación de valores occidentales.
El popular diario conservador aleman BILD publicaba un manifiesto en el que lanzaba un mensaje de advertencia a la población alemana: o asumes nuestros valores en determinadas cuestiones, o no eres bienvenido aquí.
El manifiesto declara: “Solo desde 2015, nuestro país ha acogido a más de tres millones de refugiados, muchos de ellos procedentes del mundo árabe. Levantamos carteles de «Bienvenidos». «¡Podemos hacerlo!», era el mantra de la canciller Merkel. Sin embargo, las fotos de estas páginas muestran que no hemos conseguido dejar claro lo que esperamos de todos los que quieren vivir en este país con nosotros. No queremos cambiar nuestro modo de vida solo porque tengamos invitados”.
Juan Carlos Jiménez señala que en esto hay una vuelta a 2001, cuando tras los atentados del 11-S se designó al musulmán como un enemigo genérico. Una generalización injusta que se convierte en una reacción frente a un sentimiento de inseguridad.
Sin embargo, Jiménez sí que invita a profundizar sobre las distintas caras que tiene el proceso de integración. “Hemos trabajado mucho sobre cómo vemos nosotros a los inmigrantes y ahora mismo no hay nada en el marco legislativo que fomente la discriminación. Sin embargo, no hemos trabajado nada sobre cómo nos ven ellos a nosotros”, señala.
Una situación explotada por los populismos identitarios
En definitiva, el problema no es tanto la migración, sino la falta de integración y los roces de convivencia que esto genera y que son explotados por los populismos identitarios.
En el debate sobre migración, los populismos de derechas fomentan un discurso de “ellos” contra “nosotros”, tal y como hizo la izquierda con los conceptos de “élite” y “pueblo”
“En los Estados de Europa Occidental, la guerra entre Israel y Hamás ha puesto de manifiesto profundas tensiones intrasocietales que tienen el potencial de dividir aún más a las sociedades, haciéndolas más receptivas a los mensajes populistas de derechas”, señala Nora Müllere, directora ejecutiva de asuntos internacionales de la Körber-Stiftung.
“La idea de poner sobre la mesa el discurso antiinmigración es fomentar el ‘ellos’ y el ‘nosotros’, que es la esencia de los populismos. ‘Nosotros’ pertenecemos y ‘ellos’ son una referencia negativa”, explica Jiménez.
“La izquierda lo hace con la dicotomía entre pueblo-élite. Para la derecha radical identitaria tiene que ver con quiénes forman parte de la nación”, añade.
Sin embargo, Jiménez cree que la inmigración no es el elemento explicativo esencial del crecimiento de la derecha. “El motivo general es la creación de unas élites política cada vez más cerradas que no entienden a la gente a la que gobiernan. El elemento sustantivo es la desconexión con la gente, que no se siente representada”.
La UE sigue sin ponerse de acuerdo
A pesar de la evidente necesidad de gestionar la migración, la UE sigue sin ponerse de acuerdo. El terreno en el que es más patente su división es el Pacto de Migración y Asilo, que lleva en negociaciones desde 2020. En octubre de 2023 ha habido un intento de desbloquear su aprobación y se han alcanzado algunos acuerdos que permitirían su aprobación completa en 2024.
Sin embargo, no va en la línea de la acogida y de la integración, denuncia Gonzalo Fanjul, director de análisis del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) y de la Fundación PorCausa. “Es una política obsesionada con el control migratorio que aplica una lógica de gendarmes”, sostiene.
Esto tiene sus limitaciones, porque la inmigración no es un fenómeno que vaya a desaparecer. De hecho, según el informe de Global Trends, no va a hacer más que aumentar en las próximas décadas.
En este contexto, “se necesitan más discursos inclusivos que exclusivos”, señala Juan Carlos Jiménez.
“Un país como España no lo ha hecho tan mal”, asegura Jiménez. “La clave está en no anclarse en ideas preconcebidas. La sociedad cambia y hay que adaptarse a demandas colectivas cada vez más difíciles”, advierte.
Alejandro Macarrón sugiere un camino por el que empezar al señalar que el 30% de los niños que nacen en España son inmigrantes. Estos niños tienen las tasas más altas de fracaso escolar, pero abordar este problema no está en los programas, denuncia el experto.
Macarrón también señala que, de cara al control de la migración, el permiso de residencia no puede concederse para siempre y que la ley debe cumplirse. “Para entrar, haga la cola legal”, señala.
Pero es difícil ponerse en una cola que no existe. Gonzalo Fanjul critica la ausencia de vías legales. “Se le niega a la gente la oportunidad de venir aquí de forma legal y eso es empujarles a los brazos de las mafias”, denuncia.
En definitiva, la migración es innegablemente un factor de tensión social y un caldo de cultivo para conflictos de convivencia. Sin embargo, también puede ser una riqueza y es, sobre todo, un fenómeno intrínseco de la sociedad globalizada que hay que enfrentar.