Año 2018. Serguéi, director de una escuela en Rusia, sufre persecución por oponerse al régimen. Emigra a Suecia con su familia –su mujer Natalia, y dos hijas– y pide el estatuto de refugiado político, pero su solicitud es rechazada “por falta de avales”. En ese momento, Katja, la hija menor, entra en coma, víctima –al parecer– de una extraña enfermedad llamada “síndrome de resignación”.
La película de Alexandros Avranas (Violence, 2013) es un monumento. Conmueve, sorprende, plantea diversos interrogantes y, formalmente, roza la perfección. El síndrome de resignación –enfermedad infantil que solo ha aparecido en Suecia, entre los pequeños de familias que esperan que se les conceda el asilo político– da pie a Avranas para mostrar a una familia particular frente a la burocracia impersonal de un mundo casi perfecto. El efecto es demoledor.
Avranas ha elegido una exposición clara –didáctica casi–, ritmo pausado, iluminación tenue y composición geométrica. Las interpretaciones son perfectamente acordes con la cámara y los decorados; impersonales en un caso, en contraste con la profunda humanidad de la familia rusa. La asepsia de los servicios que generosamente ofrece el Estado puede ser tan cruel como la persecución política. La película es limpia, correcta y muy dura. El final es coherente y está abierto a la esperanza.