Un kit para el arqueólogo

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Foto: Jonas Bergsten.

No falla: en cuanto un huracán asoma en los radares del sur de Florida, EE.UU., los residentes “asaltan” los supermercados para arramblar con lo que encuentren: pilas para la linterna, bolsas de chips de plátano, latas de conservas, planchas de madera para los ventanales acristalados… El convencimiento es que “¡ahora sí se va a acabar el mundo!”…, aunque, pasadas las horas, el ciclón termine desviándose, deje caer apenas tres gotas y una huidiza racha de viento tumbe solo un par de ramas de aguacate.

Vale: es bueno prepararse para minimizar daños, pero a veces el fenómeno tiene tan escasas posibilidades de concretarse que alarmar al personal con que viene el lobo puede terminar desmotivando al granjero de llevarse consigo la escopeta todos los días. Puede suceder incluso todo lo contrario: que el volumen de la amenaza sea tan brutal que el sentido común le dicte que cualquier protección o precaución pueden volverse sal y agua en cuestión de segundos, por lo que mejor no afanarse. Si el lobo viene hacia usted con la bomba atómica, ya puede dejar el arma tranquila en el armario: no la va a necesitar cuando desaparezcan usted, las ovejas, la granja, el municipio y la cuarta parte del país.

Por sí o por no –piensan algunos–, mejor tener la escopeta cerca, aunque no esté cargada (y el paquete de chips, y las latas, y…). Así lo debió ver la alta funcionaria europea que, en días pasados, se plantó desenfadada ante una cámara y fue sacando de un bolso lo que entiende que debe llevar un kit de supervivencia, para que cuando el lobo, o mejor, el oso –que hablamos de Rusia, claro–, decida poner una pata en nuestra granja, podamos seguir respirando. La idea es tener en una mochila un grupo de objetos (alimentos, una navaja suiza, un encendedor, una radio, ¡una caña de pescar!…) que nos permitan sobrevivir las primeras 72 horas tras un ataque ruso. En el vídeo, la relajante melodía de fondo –un jazz al piano– y las sonrisas y aun las carcajadas de la señora contribuyen a quitarle hierro a la situación. Una especie de “vamos a morir todos”, pero de buen rollo, nada grave.

La pregunta es si, para lo que puede esperarse de Moscú, alguien necesita un kit de supervivencia. A ver, que no es que al nuevo zar le falten ganas, pero sí quizás algo de fuerza. Tres años después de plantar una bota en Ucrania, el ejército de Putin ha hecho presencia –aunque no lo controla del todo– en cerca del 20% del territorio, pero no mucho más. Sus tropas llegaron casi hasta Kiev, donde esperaban descabezar al gobierno de Zelenski y colocar un títere, pero debieron recular. Según datos de la Inteligencia militar británica, hasta 250.000 soldados rusos han muerto durante la invasión, mientras que, en medios de combate, los agresores han sufrido la pérdida de más de 10.500 tanques, 21.800 vehículos blindados, 335 helicópteros, 28 embarcaciones –algunas de gran envergadura y potencia de fuego–, un submarino, etc. El estropicio ha sido tal que han debido alejar sus buques militares de las bases del Mar Negro, o intentar esconder, en lo más profundo de su geografía, sus aeronaves y misiles más preciados…, lo que no ha impedido que los drones ucranianos vuelen a destruirlos también allí.

Con tanta pifia acumulada, no parece que los paracaidistas rusos estén listos para lanzarse mañana o dentro de dos años sobre Logroño para decretar toque de queda y cerrar los bares de la Calle del Laurel, pero tampoco sobre un bulevar de Cracovia o de Lepizig –“¿con qué se sienta la cucaracha?”, suele decirse en el Caribe–, con lo cual, el kit puede terminar acumulando algo de polvo y sirviendo de base operativa a las arañas.

Pero tampoco parece que sirva de mucho más si, en vez de enviarnos paracaidistas, el dictador ruso olvida tomarse la medicación una mañana y, harto del problema que le supone la existencia de decenas de países rezongones en sus propias narices, de esa gentuza democrática que vive en eso que en el mapamundi es apenas una península occidental de la Madrecita Rusia, echa mano de un puñado de misiles nucleares y nos los lanza, aun a riesgo de que franceses y británicos le paguen con la misma moneda radiactiva.

Así pues, si Vladímir Vladimírovich concluye que, o Moscú se sale con la suya o game over para everybody –“la cuestión de la existencia misma de Rusia no se va a resolver en el frente ucraniano, sino junto con la de la existencia de la civilización humana toda”, amenazó en 2023 Dmitri Medvédev, subsecretario del Consejo de Seguridad Nacional–, entonces ahórrese el dinero del kit, porque, 72 horas después del ataque, en la radio no habrá nadie transmitiendo, ni habrá peces que pescar con la caña que guardó en la mochila, ni el supermercado estará abierto para reponer existencias. Mejor baje ahora un rato al bar, y si ve a algún turista ruso, póngale la mano en el hombro e invítelo, porque ni él volverá a degustar jamás un trago de vodka, ni usted una Heineken.

¿Qué…? ¿Qué ya había comprado el kit? Ah, sí, no se preocupe: déjelo en casa, bien surtido, a buen resguardo. Algún día lo encontrará un laborioso arqueólogo. De Marte.

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